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15.10.2011 por Lic Gustavo Lanza Castelli
Teoría del Apego y Mentalización.

 

John Bowlby, creador de la teoría del apego, sostiene que la necesidad de formar vínculos estrechos con los cuidadores (madre, padre) no es una necesidad derivada de una pulsión más primaria, sino que se encuentra presente desde el comienzo de la vida como una necesidad autónoma.

Esta necesidad se expresa en una serie de conductas recíprocas: llanto, sonrisa, búsqueda de aferramiento, etc. por parte del niño; contención física y emocional por parte del adulto. Estas conductas de apego se activan en el primero ante el sentimiento de inseguridad y tienen como objetivo la experiencia de seguridad gracias al contacto con el cuidador. Por lo tanto, el sistema de apego es el primer regulador de la experiencia emocional.

El niño internaliza las múltiples y reiteradas experiencias con su cuidador en una serie de esquemas mentales denominados “modelos internos de trabajo”, que incluyen representaciones del self y del otro en interacción y una serie de creencias acerca de quiénes son sus figuras de apego, dónde puede encontrarlas y cómo habrán de responder. Estos modelos, una vez constituidos, contribuyen a la configuración del mundo interpersonal en todas las interacciones posteriores.

Gracias al trabajo de Mary Ainsworth, que incluyó el diseño de una situación experimental para observar la reacción del niño (de 12 meses de edad o poco más) dejado en presencia de un extraño a raíz de una breve ausencia de la madre (la “situación extraña”), fue posible diferenciar de manera empírica distintos patrones de apego, en función de la conducta del niño en dicha circunstancia: apego seguro, ansioso/evitativo, ansioso/resistente, desorganizado/desorientado.

Para tomar un ejemplo: los niños con apego seguro exploran sin problemas en presencia de su madre, se ponen ansiosos ante la presencia del extraño y lo evitan, muestran signos de perturbación ante la ausencia de su cuidadora y buscan reunirse con ella cuando regresa. Una vez calmados, retornan a su actividad exploratoria.

En la vida cotidiana estos niños están en condiciones de usar a sus cuidadores como una “base segura” a la que recurrir cuando tienen miedo o están angustiados, ya que los sienten contenedores y sensibles a sus necesidades. Confían, por tanto, en que estarán disponibles cuando los necesiten y que cuentan con ellos para que los protejan y los calmen, esto es, pare regular su emoción negativa.

A medida que crecen, los niños con apego seguro muestran actitudes cálidas en el terreno interpersonal, tienen una actitud básicamente positiva y suelen encontrar satisfacción en las relaciones con los demás.

Los patrones de apego se mantienen constantes a lo largo de la vida. En el adulto pueden ser evaluados mediante la Entrevista de Apego Adulto, que también diferencia distintos tipos de apego y que consiste en una serie de preguntas que se le hacen al sujeto, relacionadas con sus experiencias tempranas de apego.

Diversos estudios longitudinales han mostrado una alta correlación entre las calificaciones de apego en la infancia (evaluadas mediante la “situación extraña”) y las calificaciones en la vida adulta (evaluadas por medio de la Entrevista de Apego Adulto).

De igual forma, estos estudios han mostrado que los adultos con apego seguro tienen tres o cuatro veces más probabilidades de tener niños que estén apegados a ellos de forma segura, que aquellos adultos que tienen un tipo de apego inseguro.

A partir de este descubrimiento se planteó el interrogante respecto de cuál era la variable que mediatizaba la transmisión intergeneracional del apego, esto es, cuál era el factor mediador entre el apego seguro de la madre y el posterior apego seguro de su hijo.

La respuesta que dan Peter Fonagy y colaboradores es que esa variable es la capacidad de mentalizar (o la activación de la Función Reflexiva) de la madre, que puede ser caracterizada -esquemáticamente-  como la capacidad para entender el comportamiento propio y ajeno en término de estados mentales intencionales (deseos, creencias, emociones, etc.) y para regular afectos e impulsos y ejercer el control atencional. El funcionamiento adecuado de esta capacidad se revela necesario para la captación de los estados mentales ajenos, la capacidad de empatía y la posibilidad de establecer relaciones interpersonales satisfactorias, como así también para posibilitar el registro y modulación de las propias experiencias subjetivas.

Las personas con déficits importantes en su capacidad de mentalizar suelen tener dificultades para formar una representación adecuada del propio mundo mental y del ajeno, para registrar sus propios deseos y sentimientos, para controlar sus impulsos, para diferenciar sus pensamientos de la realidad, para poder pensar acerca de sí mismos, etc.

Pues bien, los autores mencionados descubrieron -utilizando la Entrevista de Apego Adulto y a través de una codificación especial de la misma- que era posible predecir que una mujer embarazada que tenía un alto desempeño en su funcionamiento reflexivo (en dicha entrevista) antes siquiera de dar a luz, tenía mucho más posibilidades de tener un niño que estuviera apegado a ella de modo seguro a los 12 meses de edad (evaluado en la “situación extraña”) que otra mujer con un puntaje bajo en su funcionamiento reflexivo.

A su vez, el niño con apego seguro tenía más chances de desempeñarse correctamente en tareas que evaluaban su capacidad mentalizadora a los 4 años, que otro niño con apego inseguro, ya que el apego seguro puede ser un elemento facilitador clave de la capacidad reflexiva.

Estos hallazgos llevaron a indagar con mayor detalle cómo era que la capacidad mentalizadora elevada de la madre (o de los padres) favorecía el apego seguro y la posterior capacidad mentalizadora del niño. 

En consonancia con estas investigaciones, Elizabeth Meins acuñó el término mind-mindedness para aludir al reconocimiento por parte de la madre de su hijo como un agente mental, y a su proclividad a emplear términos que denotan estados mentales en el lenguaje con el que se dirige al mismo. En trabajos realizados junto con un grupo de colaboradores, evaluó esta capacidad de la madre en las interacciones con su hijo de 6 meses de edad en situaciones de juego, empleando un índice que reflejaba el grado de la mentalización explícita de la misma, en comentarios tales como: “¿Estás pensando?” “¿Lo reconoces?” “¡Me estás burlando!”. Estos comentarios daban cuenta de la propensión de la madre a usar sus palabras para enmarcar la interacción con su hijo en un contexto mentalista, e indicaban por tanto la inclinación de la misma a relacionarse con aquél en base a sus propias representaciones del estado mental del mismo.

Estas investigaciones mostraron que la evaluación de la actitud mind-mindedness por parte de la madre a los 6 meses de edad de su hijo, predecía el grado de apego seguro del mismo a los 12 meses de edad, así como su buen desempeño en tareas que evaluaban su funcionamiento reflexivo a los 4 años. Meins y colaboradores concluyeron que los comentarios apropiados de la madre acerca de los estados mentales de su hijo pueden proveer un andamiaje lingüístico y conceptual en el interior del cual los niños pueden comenzar a entender cómo los estados mentales determinan el comportamiento. Dado que estas interacciones tienen lugar antes de la adquisición del lenguaje y de la capacidad mentalizadora por parte del niño, cabe suponer que las mismas proveen un fundamento interactivo para el posterior desarrollo de la mentalización.

Otro rasgo importante de estos comentarios mentalizadores de la madre es que estimulan la atención conjunta (de ella misma y de su hijo) hacia los estados mentales de este último, con lo cual el niño es ayudado a tomar conciencia de la existencia y características de sus estados y procesos mentales. A medida que el niño adquiere el uso del lenguaje, cabe suponer que en el seno de estas interacciones tendrá mayores oportunidades de integrar la información subjetiva sobre sus estados mentales con signos lingüísticos provistos por la madre. Es sabido cómo la traducción de la experiencia subjetiva en palabras incrementa el desempeño mentalizador.

Parecería haber una relación recíproca entre el apego seguro y las interacciones mentalizadoras mencionadas: por un lado, el apego seguro proporciona un clima relacional que estimula y favorece dichas interacciones; por otro, las respuestas mentalizadoras maternas favorecen la regulación emocional del niño que, a su vez, consolida el vínculo emocionalmente seguro.

Arietta Slade, quien investigó detenidamente este punto, concluye que la capacidad de la madre para tener en su mente una representación de su hijo como poseyendo estados mentales, le permite a éste descubrir sus propias experiencias internas a través de esta representación maternal de las mismas, que su madre le refleja de diversas formas (lingüísticas y no lingüísticas) a lo largo de los primeros tiempos del desarrollo.

El niño aprehende el reflejo materno de sus experiencias internas y mediante la internalización del mismo puede comenzar a construir representaciones secundarias para significar sus emociones, diferenciarlas, aprehenderlas.

En este proceso la madre construye una representación en su propia mente de los estados mentales de su hijo (merced a su capacidad mentalizadora), y después se la presenta de algún modo, de forma tal que éste toma conciencia de sus propios deseos, sentimientos, etc. en tanto los aprehende, en primer término, en la representación que la madre se ha formado de ellos y que le ofrece.

Este proceso es intersubjetivo en la medida en que mientras la madre intenta entender y contener el estado mental del niño, éste accede a conocer la mente de la madre y ve que ésta se lo representa como un ser intencional (con deseos, pensamientos, sentimientos, etc.). El niño con apego seguro, por lo tanto, “se encuentra a sí mismo en el otro” (Fonagy) como un ser mentalizante y es esta representación la que es internalizada para formar el self.

 

Las consideraciones precedentes resultan de la mayor utilidad para la práctica de la psicoterapia, ya que en la misma se ponen en juego variables similares a las mencionadas, si bien en un contexto más simétrico que el que implica la relación madre-hijo.

También en la psicoterapia es importante crear las condiciones de seguridad que favorezcan que el paciente experimente una base segura, a partir de la cual pueda activarse su interés por explorar los estados mentales propios y ajenos.

La atención conjunta de terapeuta y paciente, focalizada en los estados mentales de este último, le ayuda a registrarlos, monitorearlos y a reflexionar sobre sus deseos, pensamientos, emociones, permaneciendo en contacto con los mismos.

La representación que el terapeuta construye de los estados mentales del consultante y que le ofrece a éste para que la compare con su propia experiencia, ayuda al paciente a identificar sus experiencias internas y a integrar un punto de vista alternativo sobre las mismas, que será un mediador en las modificaciones que realice a través del proceso terapéutico.

Cabe considerar que estas variables constituyen algunos de los factores comunes presentes en diversas corrientes de psicoterapia que, junto con otros (como la alianza terapéutica, la actividad del paciente, sus expectativas favorables, etc.), dan cuenta de muchos de los resultados que podemos conseguir a través del trabajo terapéutico.

 

Lic. Gustavo Lanza Castelli

 

(*) Texto tomado del blog http://mentalizacion.com.ar/blog/

     
     
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