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24.04.2014 por Lic. MARIA ESTHER SEMERARO
Una Experiencia Psicodramatica en Adicciones – El entramado familiar.

         Sábado lluvioso, anochece en Bs. As., salgo de la reunión multifamiliar en la Comunidad Terapéutica, donde coordiné un encuentro psicodramático con un grupo de pacientes mujeres, internadas por adicciones y alcoholismo y sus familias. Allí dirijo un grupo de psicodrama, en el cual participan solamente las pacientes de la institución. Dentro de la modalidad de trabajo de la Comunidad, los sábados a la tarde se realizan reuniones multifamiliares de las cuáles participo en algunos encuentros, llevamos el psicodrama al grupo familiar.

Bailamos un vals en una fiesta, hicimos estatuas, imaginamos y escenificamos deportes y deportistas, el triunfo, la copa, la foto del equipo, en un caldeamiento preparado por el grupo, luego un juego dramático dónde tejimos con un ovillo de cinta el entramado de este encuentro, para luego bailar, jugar, cantar, cartografiar las líneas debajo de este tejido e ir modificando la red en un sin fin de vueltas hasta que se formó un gran nudo central del cual salían innumerables cintas como una gran estrella, o como una inmensa torta de bodas con cintitas blancas que guardan dentro de la masa el “agalma”, lo que brilla, detrás de la imago, del hábito, hay una joya, aquello que causa y produce el deseo, lo que va a producir en este juego, este agenciamiento pasajero y placentero de cada una de las integrantes del grupo con su familia y a su vez conformando un todo. Fue para mí emocionante estar dentro de la escena, gestando con el grupo esta línea de fuga hacia un estado lúdico, fuera de la línea dura del reproche mutuo, de la sordera comunicacional entre: “¿porqué me jodés la vida drogándote, no pensás en mí?” “sé que soy lo peor, porque en lo único que pienso es en drogarme, en matarme”. Para algunos era la primera vez que asistían al encuentro familiar, incluso había dos pacientes nuevas, para otros era la primera vez que se contactaban con el psicodrama, pero todos fuimos atravesados, devenimos imperceptibles para ser cuerpoafectado. Línea de fuga del cuerpo afectado capturado en la droga, el alcohol, el sida, la sífilis, la calle, la prostitución, el abandono de los hijos y otros lastres que llevan como marcas del cuerpo psicofísico y también del cuerpo social de la pobreza.

Luego fueron apareciendo el relato de las escenas: “fui al juzgado para que pueda empezar a ver a mis hijas”, “tuve una recaída, esta semana me quise ir dos veces”, “ viene la Navidad, me acordé que el año pasado me fui de la reunión familiar para ir a drogarme”, “yo no quería venir porque tenía mucha bronca con mi hermana, recordé una discusión porque abandona a su hijo, no piensa en él”, “ me sacaron de la cocina porque no podía ocuparme, hay cosas que no puedo hacer, estoy muy agresiva con mis compañeras”. Se elige la escena de Navidad, el brindis familiar, Lucía agarra la botella de Fresita y se va sola al patio, se sienta en la escalera, se quiere tomar “todo”, Mariela que hace de yo auxiliar “madre”, la va a buscar, “tiene que volver a la mesa con la familia”, pero Lucía sigue ahí sentada, soliloquio: “me siento sola, me quiero ir, no aguanto más, no sé lo que me pasa, me siento mal”, la madre la va a buscar, pelean, soliloquio de la madre-yo auxiliar: “no sé qué hacer, cómo ayudarla, cómo hacer para que no se vaya con esos vagos a chupar, a drogarse”, se suceden doblajes de ambas, entres, inversión de roles, una hija que se convierte en su madre, pidiéndole a su madre real, que estaba entre el público, a quién le pido que pase y que haga de Lucía, Lilian entonces toma la botella de Fresita y se tira en el piso, escucha a su hija real duplicándola en el rol maternal, que le pide, le ruega, le grita, que no se vaya, y luego volvemos a rodar la escena, Lucía hija, y 1, 2, 3, 4, 5 madres yo auxiliares que le piden de diversas maneras que se quede; todas ahí quietas, conmovidas, laxas, sin fuerzas, impotentizadas, no pudiendo colmar aquello que Lucía busca afuera en la droga, en la esquina con los vagos del barrio, en el Fresita, que tampoco encuentra adentro, en la reunión familiar, con los regalos de Nochebuena, la ensalada de fruta, su madre.

En una escena anterior Lucía reclama la droga para “no sentir”, cuando la ubico en otro espacio, allí en el lugar del consumo, le pido un soliloquio, para su sorpresa y la del resto, este “no sentir”, se transformó en “sentirme mal”, la certeza de la angustia, de que allí también estaba el dolor, la tristeza, el malestar. Sensación permanente de “no estar bien, de estar incómoda, no cuajar, como en la mesa de navidad, como en el lugar del consumo, como en el juego del jardín de infantes”, juego dramático del sábado anterior dónde reclamaba insistentemente por la maestra, el alfajor, la leche, pero cuándo le daban el alfajor no lo podía abrir, cuando le daban la leche se apartaba del grupo de compañeritos para estar sola y acurrucada.

Para cerrar la experiencia las integrantes del grupo arman una Navidad feliz, como las de las publicidades, sin Fresita, Lucía dice: “con Coca”, dejo de lado el significante por el momento. Mejor coloco la inversión, escena dónde la que está con el Fresita en la mano es la mamá.

 ¿Cómo prestar el cuerpo para crear las condiciones de aparición del puro flujo de intensidades? ¿Cómo posibilitar pasar de la inhibición al desbloqueo? Transitar junto a otros cuerpos el caos, los bordes de cornisa, las caídas, que sucedan defenestraciones pero a su vez que haya alguna red, acompañar los balbuceos, tartamudeos, los silencios, las risas, el llanto y lo que acontezca.

 “Deberemos fundamentalmente crear otra concepción de la clínica: una clínica, por lo pronto, que abandone sus refugios sedentarios para animarse a transitar por la incapturable expansión de la producción deseante” 

Aventurarse por los territorios del teatro íntimo, transitar el desasosiego como protagonista de mi escena, el puro sentir sin palabras, desde el vómito, el corte de sentido des-aso-ciego, transitar la soledad, lo que te tira, el cansancio, como yo auxiliar inmovilizando a la protagonista hasta dolerme los brazos y atravesar las múltiples afecciones del grupo que coordino, sigo y sigo y sigo perforando el texto dramático, construyendo tejido rizomático, devenir línea de fuga de lo mortífero.

LIC MARÍA ESTHER SEMERARO


     
     
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